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El repunte de la inflación, la principal preocupación de los mercados

En el último informe hacíamos referencia a los vientos (impulsos fiscales y monetarios) que habían empujado a los mercados en los últimos meses y advertíamos que podríamos tener que ceñir y navegar algún tiempo a barlovento, debido a que algunas de las condiciones financieras estaban cambiando. Los vientos estaban rolando.
Durante el mes de mayo, efectivamente, los movimientos bursátiles han sido muy pausados, la calma se ha adueñado de las principales plazas e índices de renta variable, que vieron algún recorte, pero que nunca ha supuesto más de un par de días seguidos de caídas; por lo que termina el mes con las bolsas enrangadas, tomando algo de pausa tras el fuerte rally desde el mínimo de la pandemia.
Todas las discusiones se centran en la inflación. Lejos queda ya la preocupación por el Covid-19 que pasa a un segundo plano. Sí, las cifras de contagios y vacunaciones, las variantes, etc siguen preocupándonos a todos, pero la mayoría de los inversores dan este episodio por cerrado y se centran en una de sus consecuencias: el incremento de la inflación que se ha producido en estos últimos meses. El debate está en si este repunte de inflación debido a efectos base (se comparan precios actuales con precios del período más duro del cierre económico) se puede trasladar en el tiempo y convertirse en un repunte de inflación permanente. Estas cifras de precios marcarán la evolución de los impulsos monetarios en los próximos meses; la reserva federal tendrá que comenzar a hablar de “tapering” (reducir los programas de compras) y comenzará a verse presionada para subir tipos si las cifras de empleo siguen mejorando a buen ritmo, como ha sucedido con los Payrolls, que en el mes de mayo han sido 559.000, dejando la tasa de desempleo en el 5,8%.
Por otro lado, el congreso de Estados Unidos sigue debatiendo los programas de gasto social y de infraestructuras de Biden. En las últimas semanas hemos venido observando recortes en las cifras totales del programa en una muestra clara que: inmersos en campaña electoral, es fácil para los políticos prometer la luna y que, a medida que la economía mejora por si misma, se hace menos urgente el despilfarro de los recursos públicos. De alguna manera los déficits comienzan a pesar y continúan los debates sobre cómo subir los impuestos a las empresas de forma coordinada, en una armonización impositiva global, aunque sea para equilibrar el tipo mínimo aplicable en todos los países desarrollados.
Mientras tanto, los datos económicos siguen mostrando una economía hiperactiva, con fábricas que intentan recuperar los reducidos inventarios tras la pandemia, con cuellos de botella, con retrasos en los tiempos de entrega, con incrementos de precios de las materias primas, que encarecen la producción. Con el consumidor a la espera de poder moverse con normalidad, sobre todo en Europa para incrementar las cifras de servicios, y recuperar parte del empleo que se ha perdido en el sector de la hostelería.
Según cifras del servicio de estudios de BBVA, tan sólo en España, el ahorro acumulado de las familias en 2020 se incrementó en 60.807 millones de euros, un 6,6% por encima de la media de las últimas dos décadas. Es cierto que, parte de la renta disponible ha caído, y que el desempleo, una vez concluidos los programas de ayuda (ertes) subirá, pero también es esperable un incremento del gasto en los próximos meses, parecido a lo que estamos viviendo en Estados Unidos, en Europa en general y en España en particular.
La gran pregunta será si este ciclo económico, intenso y vertiginoso, tanto en la caída como en la recuperación, dejará cicatrices permanentes en términos de desempleo y, en lo álgido del debate actual, en la inflación.
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